Compartir – Por Rubén Echagüe

Nota de opinión
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Redes peligrosas. El autor de esta nota, reconocido artista plástico y poeta de la ciudad, echa una mirada crítica sobre los nuevos hábitos contemporáneos.

En un artículo publicado hace ya algún tiempo en The New York Times —texto del que también se extrajo el epígrafe—, el historiador israelí Yuval Noah Harari advierte que la más importante de las ventajas que exhibe la ficción para poder triunfar sobre la verdad, “es que la verdad suele ser dolorosa y perturbadora”… “De ahí que quien se apega a la realidad pura tiene pocos seguidores” (sic) y, consecuentemente, “un apego absoluto a la verdad es una práctica admirable, pero no es una estrategia política ganadora”.

Tan brillante observación remite, con la celeridad de un relámpago, a esa maquinaria de publicidad y de marketing con la que nos han obligado a convivir, por décadas, gobiernos recientes, aunque en este caso no es mi propósito hacer hincapié en las argucias de la política vernácula, sino en un fenómeno de mucho mayor alcance y —por llamarlo de alguna manera—de proyección universal.

Me refiero a esos “paraísos artificiales” —diría Baudelaire—, más adictivos que la más adictiva de las drogas, pero socialmente acreditados y lícitos, a esos espejismos —hasta ahora cuentan con solo dos dimensiones—, pero que en teoría habrían instalado un inédito y enriquecedor flujo de comunicación entre los seres humanos, amén de haberles dado la posibilidad de compartir a distancia todo tipo de experiencias… y que son las redes sociales…

¿Será una conducta realmente adulta y saludable, ventilar todo lo que hacemos, emprendemos o vivenciamos a cada instante, “compartiéndolo” (?) paso por paso con otros individuos, aunque se trate de nuestros allegados más cercanos? La cuasi obligación de documentar-petrificar-inmortalizar a través de la ineludible selfie, una reunión de amigos en un bar, ¿no implicará postergar y relegar a segundo plano la espontaneidad y la genuina frescura que deberían signar el encuentro?

(En lo que a mí respecta, confieso que fotografiar la tira de asado que voy a comerme, inmortalizándola con el celular… para luego “compartir” esa imagen con mis conocidos, como si se tratara de una naturaleza muerta del siglo XVII, bastaría para quitarme el apetito).

Antes del auge de las redes sociales, contar las peripecias de un viaje exigía un ejercicio de la escritura que podía ser más o menos correcto y más o menos cautivante, pero que comprometía el gusto y la imaginación del viajero, para procurar interesar al destinatario del relato.

Hoy, en cambio, de lo que se trata es de “dejar constancia”, de registrar mecánicamente, y de mostrar el mejor perfil —no pocas veces impostado— a la mirada demandante del otro, reclamándole una inmediata señal de complacencia y aprobación.

Es más: al margen de la cuota de ilusión que fatalmente impregna toda interrelación humana con el mundo… las intensas vivencias de contemplar “in situ” la belleza del glaciar Perito Moreno o de saborear un plato de auténtico cuscús en el norte de África, ¿serán, como nos lo han hecho creer, experiencias susceptibles de ser “compartidas” con otros por conducto de Facebook, de WhatsApp y demás artilugios similares en boga?

Y dado que el fenómeno evidentemente llegó para quedarse, no me parece impropio que nos preguntemos qué es lo que se mueve detrás de esa a la vez pueril, engañosa y obsesiva necesidad de “compartirlo todo”, volcándolo en el mar turbulento de las redes.

En primer lugar, esta compulsión que no nos da tregua y que nos persigue a cualquier lugar al que vayamos como la más tenaz de las adicciones, ¿será tan ingenua e inofensiva como pretende ser? ¿O la exposición en las redes sociales lo que hace es incentivar la competitividad y el exhibicionismo narcisista, condenándonos a una ansiosa dependencia del aplauso y del juicio favorable de nuestros semejantes?

Sorprende que en una época como la que transitamos, en la que nos hemos hecho conscientes de derechos tan fundamentales como la paridad de géneros, o el respeto por la diversidad sexual, no tengamos conciencia de la alienación que comporta dedicar horas a mirarnos en el espejo de Narciso de Facebook, o a bucear en la pantallita del omnipresente celular.

Impulsados a mostrarnos inteligentes, ingeniosos, simpáticos, creativos, bellos, solventes, es decir “hiperactivos y exitosos”, somos incapaces de detectar el origen del mandato —¡no hay ningún opresor a la vista!—, por la sencilla razón de que el mandato está alojado en nuestro propio interior, y aunque lográsemos aislar el virus de esta esclavitud maquillada y examinarlo en el microscopio, el virus nos sonreiría bonachona y estúpidamente… como sonríen los emoticones…

Mark Zuckerberg, el inspiradísimo inventor de Facebook, agradecido: con 35 años es uno de los diez hombres más ricos del planeta, y todo el establishment neoliberal más agradecido aún: de esta forma de sometimiento que hemos abrazado alegremente no podemos culpar a nadie, puesto que, como ya ha sido observado por lúcidos analistas, el enemigo no está más afuera. Vive dentro de nosotros mismos.


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